viernes, 13 de mayo de 2011

EL CORONELITO

Le llamaban “Coronelito” pero nunca pasó de cabo, y eso dando gracias a que sabía tocar con cierta gracia un modelo herético de flauta de un solo agujero y, sobre todo, a que otro coronel –éste de verdad y con tres estrellas como tres rosas de los vientos– se fijara en él para ocupar el puesto de cabo de la banda.
–¡Porque me sale de los corolarios! –dijo su señoría, dejando zanjado el asunto en la única ocasión en que fue interpelado.
Era enjuto, cetrino y hundido de pecho, y al marchar parecía como si las botas fuesen a quedarse pegadas y huérfanas en el camino de tan grandes como resultaban. Nadie podría decir que con estos atributos fuese la persona idónea para dirigir la banda militar del regimiento, de hecho nadie lo dijo jamás, pero era el cabo de la banda.
El Coronelito, que si bien no sabía identificar el do de una flauta y mucho menos aún reconocerlo escrito en un pentagrama, para dotarse de un algo de autoridad y planta, se hizo con una baqueta de dirección y con un monumental libro con cubiertas de cuero repujado. Podría haberse hecho con otras cosas, caso de haber buscado con algo de más ahínco, pero se hizo con esto. La baqueta, aunque sus idas y venidas no correspondieran en absoluto con los movimientos musicales, cierto es que la movía con escaso garbo pero, como para compensar, con sorprendente energía. Y del libro supo hacer buen uso leyendo y narrando, con una voz que recordaba a las urracas, las más fabulosas y truculentas historias que jamás fueron contadas en una cantina militar.
Fueron estas virtudes, y no las de mando musical, las que convirtieron al Coronelito en un personaje único. La banda era un desastre, cierto es, pero también era un jolgorio la parada semanal en el patio de armas cuando el Coronelito, marchando de espaldas y blandiendo la baqueta hacia su banda como un Zeus Tonante, era indefectiblemente atropellado y volteado por dos soberbios gastadores. Y además, el Coronelito, cuando era llamado al salón de oficiales, cosa que ocurría con relativa frecuencia, se encaramaba solemnemente en un cubo de latón invertido, componía el gesto calándose lentamente unas gafas excesivamente grandes, abría hierático su misterioso libro –del que nadie pudo nunca ver una sola página–, carraspeaba tres veces y embelesaba a la audiencia durante horas con las increíbles y alucinantes historias que extraía de aquella inagotable caja de Pandora.
Granjas colectivas en Urano, princesas violadas en serie por hordas de rusos blancos, la fábula de las uvas y el diplodocus, el asesino del arado que sembraba a sus víctimas en campos de patatas, el hombre de los mocos de oro, las cien mil garrapatas de San Luis… todo salía de aquel fabuloso libro, del que el Coronelito no se separaba jamás, formando una delirante mixtura que sobrecogía de estupefacción y fascinación extática a la generalmente concurrida audiencia.
Estalló la guerra civil y fue trasladado como asistente de un general de brigada al frente de Mequinenza sin ser despojado de su baqueta ni del libro de las inacabables y pasmosas historias. Después desapareció como volatilizado, no volvimos a saber nada de él. Con toda seguridad le dimos por muerto y ahogado en el Ebro en uno de los numerosos desembalses que, a falta de cañones de largo alcance u otros cachivaches de eficacia en el arte de matar, fueron profusamente utilizados como arma de guerra. Se ahogó en el Ebro, fin de la historia. Jamás pudimos comer una paella cocinada con arroz del delta del Ebro –en esto consistió nuestro homenaje– ni aún en los más duros años de la posguerra.
Hasta ayer. Ayer recibí un paquete postal, matasellado en París por la Poste de France, que contenía una baqueta, un impresionante libro con cubiertas de cuero repujado y una foto en sepia del Coronelito –mi abuelo–, donde se le puede distinguir abrazando a su libro y encaramado en un tanque (yo diría que a un punto de caer por uno de sus costados), y blandiendo la amenazante baqueta hacia la banda de música de la División Leclerc en su entrada triunfal en los Campos Elíseos.
Dejé la foto y la baqueta y abrí el libro. Todas sus páginas estaban en blanco.

1 comentario:

weedjee dijo...

Fijate que en este fragmento veo para mi gusto influencia en la literatura sudamericana y es generoso el nexo que se hace a parís pq para muchos es el simbolo de elegancia europea, como siempre interesante Núria