martes, 15 de mayo de 2012

lunes, 23 de abril de 2012

Uvas, queso... y algún beso



Vida también fueron aquellos besos
-aroma a tabaco y chocolatina-
lanzados en la noche clandestina,
juguetones, veloces y traviesos.

Y no es que muerdan, mas quedan impresos
en el corazón o en alguna esquina
muy dentro del alma, en la sentina,
mezclados con las uvas y los quesos.

Quizá, lo mejor y más fácil fuera
haber pedido al alma que se agote
y a la mente que no la combatiera.

Dejar vencer -una vez- al coyote
y, en crisol, entregar lo que pidiera
la brasa al otro lado de mi escote.

...

Pero ya todo es polvo, casi un fado,
un muy lejano y sin nombre islote
que ni siquiera sé si sigue a flote.
Humo, niebla, cristal esmerilado,
tears in the wind, saxo... la blue note.


lunes, 9 de abril de 2012

Pobre Günter, pobre Herr Grass.

Pobre Günter, pobre Herr Grass,

que por un solo poemita
le tachan de antisemita
y otros dicen que, además,
es también un hitlerita

y, quizás, un poco sodomita.

Pobre G
ünter, pobre Herr Grass,

que por decir lo que le pita
de una forma tan bonita

-lo que muchos piensan, por demás-
no le quieren de visita
en ese país, hum... tan israelita.


Pobre G
ünter, pobre Herr Grass,

su poesía está maldita,
lo dice ese loco semita
-sí, el que se cisca en el "no matarás"-
el de la tan nuclear bombita
con su kipá en la coronita.


Pobre Günter, querido Herr Grass,

que por decir lo que dices
de aquellos de las narices
podrías terminar fatal.


Aunque con razones atices

por sus feroces deslices,
yo bien lo sé, les dará igual.


Pobre G
ünter, pobre Herr Grass.


miércoles, 4 de abril de 2012

Yo también me visto en Prada...


Dicen que soy violenta e implacable. Que no tengo compasión y ni me atengo a razones. Nada más lejos de la realidad, jamás he tenido que levantar la mano a nadie y, bueno, mis razones son de sobra conocidas por todos sin excepción. Yo jamás me presento ante nadie sin una poderosa razón. Nunca.
Incluso han llegado a decir de mí que no tengo alma.
¿Qué no tengo alma yo? ¿Yooo? ¿Precisamente yo, que soy todo almas y he perdido ya la cuenta de cuantas tengo?
La gente es que dice cualquier cosa, de verdad, por favor.
Lo que ocurre es que, en general, yo, al personal, le tengo muy mal acostumbrado. Es mi culpa, no lo niego. Ese, mi carácter sensiblero y emotivo, es lo que me ha llevado a esta situación de incomprensión que, de verdad, no entiendo. No entiendo que no lo entiendan, ¡joooo!, por favor, pero si más fresita que yo no hay nadie en este mundo. Ni en los otros tampoco, por cierto, que allí suelen ser todos muy serios, autoritarios y circunspectos.
Hoy, sin ir más lejos y sin necesidad de tirar de libretita, tenía un montón de visitas programadas. Yo que sé, como quinientas mil o así. Muchísimas. A la mayoría de ellas, ni llego; yo no sé cómo me siguen poniendo tantas si saben que no doy más de mí.
La mayoría de ellas, las inevitables, las tramito a distancia: ya saben, un sello, y a correr. Ni siquiera me ven y la mayoría de ellos ni sabían que tenían cita conmigo, así que, ¿para qué molestarse en preparar todo el atrezzo y montar el numerito? Tramitación exprés, y punto.
Luego hay otras veces, muchísimas también, en las que sí hago acto de presencia, es decir, me visto con el traje y las herramientas y allí que me planto. Pero la mayoría de las veces, por vagancia unas, y porque se me pone un mal cuerpo que no te quiero ni contar, las más, suelo darme la vuelta y allí les dejo, hasta la próxima ocasión. Algunas veces, si tengo tiempo y no voy muy pillada, pues les dedico unos minutos antes de irme y les hablo, poco, que yo no soy de muchas palabras, y les digo que tengan cuidado, joder, que hay que ver qué prisa tienen o algo así, lo que se me ocurra en ese momento o lo que venga bien a la ocasión. Y, oye, que se quedan maravillados y lo cuentan como experiencia a sus allegados o a todo el que se ponga a tiro; y nadie les cree, claro. Yo lo entiendo, yo tampoco les creería.
Yo tampoco creería que me he dado la vuelta, así, sin más. Y si alguien me lo contara, a lo mejor le soltaba cuatro frescas, o no, según me diera la vena.
Pero, bueno, no me importa, yo en mi fuero interno me voy contenta y me siento pagada con esa alegría que, de repente, les entra. Me voy feliz, que una también tiene una opción o un derecho a ser feliz.
Y luego están las visitas que no tengo más remedio que ejecutar, porque sí, ¡leches!, porque a la mayoría de ellos ya les conozco, son viejos amigos que abusan de mi candor a los que ya he visitado en decenas de ocasiones. Y ya está bien, ¡hombre!
Va… Como esta madrugada, por ejemplo. Me leo el apunte: “Carrer Sant Pere Més Alt, 72. Barcelona. Dos”. Me llego contenta y toda puesta, que a mí los dobles me gustan por lo que conllevan de ahorro y optimización de tareas, y allí que me los encuentro a los dos, viejos conocidos ambos, 81 años el uno y casi 82 el dos y en un estado que, ¡por el amor de Dios!
–¡Hostias, la Parca! –dice el uno.
–¡La Parca, hostias! –dice el dos.
–Parca soy –les respondo–, ¿no querréis que os dé la charla, verdad? Venga, vamos, que no tengo todo el día.
–Pero, yo es que… –dice el one, entre sollozos e hipidos.
–Pero, es que yo… –dice el two, defecándose vivo por las patillas down.
–¡Que modales! –les recrimino a ambos–. Ni tan siquiera me saludáis. A mí, a vuestra vieja amiga, que tantas y tantas os he perdonado. ¿Ya no os acordáis?
–Sí, bueno, recuerdo aquella olla aranesa de diecisiete kilos que me comí una vez. ¡Casi me muero! –acepta el uno.
–Sí, no la palmaste porque yo no quise. Me alegro que lo recuerdes. ¿También recuerdas las otras veintidós visitas mías? –le respondo, y le enseño mi guadaña nueva.
–Pero, yo es que…
–¡Silencio! –y le medio fulmino con la mirada.
–¡Joder, qué mirada!
–Es mi media mirada de fulminar, la que tengo que poner en estos casos. Lo siento. –Le contesto agriamente, muy a mi pesar.
–¿Y tú? –le digo al dos, ésta vez con voz de síntesis metálica, combinando recursos, que yo soy mucho de combinar los recursos– ¿Algo que objetar?
–No, no. Yo nada… –responde el dos, consciente y sabedor de que a él le hice muchas más visitas.
–Pues andando, que ya está bien de charla. A este paso me vais a convertir en oxímoron: la parca parlanchina.
Y, haciendo un chis-chas con la guadaña, un recurso muy efectista, les fulmino a ambos del todo con mi entrenadísima mirada superfulminante. Eso sí, sin tocarles un pelo, que yo en la vida he tocado a nadie con mi guadaña, puro atrezzo, y ni sabría cómo hacerlo. Todo son bulos sin fundamento.


Chis chas.

sábado, 31 de marzo de 2012

PROMETEO O EL FUEGO QUE NOS LIBERA (XXII Century Club Stories)

”…la lectura de los ‘Grundisse’ de 1857, particularmente el capítulo sobre las máquinas, hace posible una nueva noción de totalidad en situación, desde el punto de vista de trabajo y lucha, y al mismo tiempo como subfusión del individuo en el proceso, total en tanto que totalitario, del capital…”

La perorata era dura, las frases como escupitajos y el tono agriamente atrabiliario. Duraba ya treinta y cinco minutos y no tenía visos de acabar en breve.

La Cordones —por mal nombre, que así la llamaban, los pocos del partido que habían sabido granjearse su amistad, debido a las espantosas y seculares rastas que portaba—, era chaparra, recia y cúbica; sus movimientos eran lentos y acompasados, como los de una cucaracha, como los de un escarabajo y, plantada detrás de un atril al que apenas llegaba con la barbilla, era la viva imagen de la demencia técnico-científica de clase proletaria.

Y a decir verdad, la señora o señorita, de mal ver y peor desear, que atronaba la suntuosa sala con sus espantosos decires, bien parecía un escarabajo al que su mala tez y peor pelaje conferían unos tonos de oro falso.

El curioso y selecto público —500 euros el cubierto— que la escuchaba sin prestar atención a su discurso, la observaba como si fuera la mujer barbuda o una tragadora de sables. Y no era para menos, dos semanas antes había aparecido desnuda en la revista Interviú a consecuencia del escandalazo que supuso la primicia —desmentida inmediatamente con acritud y amenazas de querella— de su relación lésbica con la vicepresidenta del gobierno, a la sazón una chica muy mona, chaparrita ella, y abogada del estado en excedencia.

Todos sin excepción se cruzaban sonrisas cómplices, secreteando tan procaz como jocosamente a débito de la triste prez de la conferenciante y del duduso gusto de la que vicepresidía el gobierno que, ¡la madre que la parió!, pensaban todos; y la prensa, apostada al acecho en cada rincón de la sala, se esforzaba en conseguir tomas de los peores y menos favorecedores planos de la oradora, algo que en absoluto les resultaba difícil. El ambiente general era de educado jolgorio y contenida ira.

“…puesto que la totalidad opresora de la asunción capitalista del tiempo y de la homologación imperialista del mundo es el polo negativo del movimiento obrero derivado del 68, por lo tanto, éste se manifiesta claramente como crítica de la totalidad idealista y del totalitarismo real asumiendo explícitamente la forma de…”

—¡ESCARABAJO!

El grito sonó en la sala como una mascletá y las carcajadas que le sucedieron como el tableteo de una ametralladora. Pronto empezaron los pateos y la tan principal gente, puesta en pie y bullanguera, homenajeó con atronadora ovación al autor del exabrupto.

—¡¡ESCARABAJO PELOTERO!! —ladró de nuevo el envalentonado espontáneo arrancando las primeras lágrimas en las señoras y palmadas en los muslos de los provectos señores, mientras que algunos de los más jóvenes ya se habían encaramado en las mesas y ofrecían a la vista y a la concurrencia dos o tres cuidadas posaderas.

—¡¡INCINERÉMOSLA!! —se oyó gritar al fondo de la sala. Y la oradora, en respuesta a estos candores, levantó por encima del atril, con gesto bíblico, tremendo y fiero, el dedo corazón de su mano derecha.

El escarabajo, todo hay que decirlo, se debatió con bravura y coraje, no retrocediendo ni un milímetro ante el embate de unos tipos armados de sendos y valiosos quinqués, consiguiendo incluso arrancarle a alguien de un mordisco un dedo; pero toda resistencia resultó inane. Pronto fue insultada, derribada, pateada e incendiada.

“Los chillidos de la cerda nos enloquecían. Maldita sea su estirpe”, declararía horas más tarde ante el juez de guardia uno de los imputados.

—¡¡TORRÉMOSLA EN ESPETÓN!! —lanzó otro exaltado, registrador de la propiedad por más amplias señas.

Y enseguida fueron arrancadas las cortinas por un improvisado y voluntarista caballero andante que, lanza en ristre con la barra que las sustentaba, ya apuntaba hacia las nalgas del desdichado y ardiente escarabajo. Y bien que hubiese logrado su objetivo de no ser por dos disparos efectuados al aire por un ex-secretario de estado de seguridad ciudadana, asistente al acto, con su pistola reglamentaria.

Calló la turbamulta y se pudo escuchar el crepitar de la pira que ardió sin incidentes hasta consunción total. La asamblea parecía estar en trance y el recogimiento era el propio de una misa de pascua. Dos señoras se persignaron devotamente.

—¡DISPÉRSENSE! —ordenó entonces el ex-secretario de estado de seguridad ciudadana al término de la barbacoa. Y en un amén gregoriano, es decir, de un modo demorado y lento, incluso majestuoso y litúrgico, todos abandonaron la sala en un cierto orden más bien procesional o de paseíllo. El último en hacerlo fue él mismo tomando del brazo muy elegantemente a su engalanada esposa.

—Lo estaba pidiendo a gritos. —Musitó al salir.

* * *

sábado, 4 de febrero de 2012

¡Vaya por Dios!

Eso de llamarse Dios,
-¡Joder, Dios. Vaya por Dios!-
fue lo que aprendió Dios
al despertar de un sueño,
por cierto, nada pequeño,
de mil de años. ¡Vive Dios!


Y asombrado preguntó:
"Decidme, vos, ¿quién soy yo?
Y al hilo... ¿quién sois vos?"
"¿Yo?, yo soy Pedro, ¿no me veis?
¿Acaso no me reconocéis?"
"Pues ni idea, buen señor"


Al punto supo esta vez
-no obstante de ser Dios
olvidose y lo preguntó-
que no era uno sino tres,
que era aún más que divino,
y no sé qué de eclesiastés.


"¿Qué coño es eso de trino,
es que os habéis dado al vino
y ya me veis trisiamés?"
Dios ya escuchar más no quiso,
"Vanidad de vanidades", dijo,
y el tío se acostó otra vez.

Oh... mi chapati...

Cuando tortas ricas de pan queramos
antes tomemos cien gramos de harina
-como ésa que siempre hay en la cocina-
un poco de agua, sal; luego amasamos.


Una hora más o menos reposamos.
Sobre la tabla poned la bolina
y con rodillo dejas más bien fina
pero antes esa tabla enharinamos.


Cocer: Tomad una sartén sin grasa
-que sobre nuestro fuego se coloca-
y con sumo cuidado que no rompa


poned en ella la aplastada masa
y en menos que la mesa se coloca
está para llevarla hasta la trompa.

jueves, 12 de enero de 2012

LA CAMPANA TIBETANA


Desde que inventó aquel nuevo gadget, por hacer una gracieta, y lo colgó en su blog no habían parado de aumentar exponencialmente las visitas. A los dos días fueron cinco mil, un día después doce mil y a final de mes, dos millones.
Martita no podía creerlo, las entradas que publicaba en su blog –en su bloguette, como ella gustaba llamarlo– no eran detestables, desde luego, pero no podía comprender aquel inusitado interés por ellas, aquella avalancha de visitas, aquel alud de gente. Sospechó entonces que quizá la razón fuese su nuevo gadget –una campanita tibetana en la esquina superior derecha que emitía unos campanillazos arrítmicos– y decidió probar, quería descartar sus sospechas.
Martita se logueó de nuevo, entró en la página de diseño de blog y desactivó el gadget de la campanita. Luego abrió una nueva entrada en el blog y proclamó urbi et orbi: “Queridos míos, he suprimido la campanita chinorri. Me parecía una frivolidad molesta. Hasta otra. Muakis y besis”.
Bollita21, del blog “Corazón en chanclas”, no tardó en emitir su más airada protesta en forma de comment: “Tía, pero tía, tía, tíaaaaaaa… pon la campanita, por Dior. Bss” (los del net son mucho de decir Dior).
Tronchonudo, del blog “Así me partan la boca”, no se anduvo con chiquitas y, sin preámbulos ni Dior mediante, se acordó de su santa madre enviándola, en lugar de besines, una patada en el c… “Por p…”, añadió muy dolido.
Garfios, capitán del blog “Y con tu madre las cuarenta”, fue incluso más directo al mostrar su descontento por la ausencia de campanita: “Tú lo que necesitas es una buena p…, niñata de mierda. Ketefoyen, provincia de Keteden”.
Julito, del blog “Me gusta hasta mi madre”, en su eterno medio pedo, sólo atinó a escribir: “Niñaaaaaaaaaaa!!!!!”
Y así, comment arriba comment abajo, ciento cuarenta mil seiscientos trece más. Martita estaba perpleja y asustada por tanto insulto, tanto desconsuelo y tanta amenaza (algunas incluso con promesas de muerte lenta y dolorosa), no podía creer que aquello fuera cierto y, amante de su prójimo bloguero como era (a veces con cierta vehemencia y un algo de dejarse ir), corrió a reactivar el gadget campanillero. Y esta vez no se anduvo con nimiedades, en lugar de una colgó dos campanitas tibetanas, una en cada esquinita del blog. Lo miró y pensó que le había quedado muy mono. Y en seguida nueva entrada por su parte: “Perdonad, queridos míos, estábamos haciendo obra. Disfrutad del nuevo blog y de las campanitas chinorris. Besines, guapis”.
Quince segundos tan solo y Porrones, del blog “Por mi kali mato”, exclamaba alborozado: “TADOROOOOO!!!!”. Y Marga López–Tres Sicilias y Silva de las Casas, del blog “Hoy he descubierto la tienda total”, le dijo: “Eres un amor, mi niña, todos te queremos”.
Y esto lo suscribieron trescientos veinticinco mil autores de comments (del más variado pelo y desde cuarenta países) durante los siguientes catorce minutos. Hasta los más atrabiliarios, y haberlos los había a miles, decían estar llorando de felicidad y malescribían “TADORO” cada uno a su manera.
Martita, en pleno ataque de perplejitis y con el llanto ya bien iniciado, recibió entonces una llamada de un agente comercial. Un portal norteamericano le ofrecía cinco millones de dólares por mudar su página. A Martita se le descolgó la mandíbula. Blogger, no se sabe como, se coló en la llamada y le ofreció seis por quedarse. La mandíbula ahora rodó por el suelo. El americano reaccionó con un rancho en Tejas y el español replicó con una finca en Sierra Morena. Pronto empezaron a discutir entre ellos dentro del iPhone y Martita lo soltó asustada. Del iPhone brotaban los fuckings y los joderes como si fuera un geiser. Y de la calle brotaba un clamor… un clamor de motín.
Abrió la ventana intrigada, se asomó, vio lo que vio, y buscó su mandíbula, no estaba. Allí, en la calle, en frente de su portal, bajo su ventana y hasta subidos en las farolas, cientos de miles de personas en trance extático coreaban su nombre y lloraban locos de amor. “Campanitaaaas, campaaaaanitaaaaaas”, más que exclamar suplicaban, más que suplicar rugían, más que rugir lloraban.
Martita, muerta de miedo y en un temblor, entró en su habitación y volvió a la ventana con la misma campanita tibetana que había servido de modelo para crear el maldito gadget. La mostró y la hizo tañer sobre la muchedumbre y todos callaron. Por unos momentos un silencio de muerte se apoderó del mundo (de toda aquella parte del mundo, al menos, en las otras seguían a lo suyo) y, cuando el tañido aún vibraba en la campana, un rumor empezó a emerger de cientos de miles de gargantas –“Más, más, más, más…”– en un crescendo que habría helado la sangre hasta al mismísimo fantasma de Bela Lugosi. La muchedumbre se aproximaba, algunos empujaban ya el portalón de entrada y los más aguerridos intentaban ascender por los canalones.
Pánico, Martita sintió pánico y retrocedió torpemente tropezando con una estantería. Un libro cayó junto a, y al mismo tiempo que ella. La cubierta quedó ante sus ojos y Martita pudo leer el título –El perfume– casi en el preciso instante en que comprendía, horrorizada, cuál sería su espantoso final.

lunes, 9 de enero de 2012

Ode... *

Je te dévore des yeux.
Entre nous, c'est un jeu.
Je prendrai mon temps
(à loisir).
Adagissimo!
Le temps qu'il te faut.
Pour mûrir lentement
(mon plaisir).
Et puis...
Spirituelle compagne.
La flûte de champagne
(et mourir).

__________
* ...au fromage.